
Primera Parte
Capítulo 1
Don Alfredo Blázquez, con su sempiterno traje de mezcli11a, aspecto apocado, fino bigote y gruesas lentes, miraba arriba y abajo en el andén del apeadero del barrio de Sants buscando a Víctor, mientras evitaba chocar con la multitud de mozos y viajeros que transitaban a su lado. Aquel pueblecito había ido poco a poco convirtiéndose en una localidad industrial, próspera y prometedora, y sin saber bien cómo, cuándo ni por qué, estaba siendo engullido por la metrópoli que lo acechaba, Barcelona.
Sacó su reloj de bolsillo y, apartándose todo lo que pudo del vapor que exhalaba la locomotora, miró la hora y advirtió que el tren, una vez más, había llegado con retraso.
De pronto, detectó movimientos extraños al fondo. Las carreras, idas y venidas de un revisor acompañado de dos guardias y del jefe de estación le hicieron acercarse al último vagón. Después de deshacerse de un par de pilludos que, con la cara negra como el carbón e inmensas gorras, pretendían sacarle unos reales a cambio de «enseñarle la ciudad», llegó a la altura del último compartimento. Dos jóvenes, una mujer y un hombre, bajaron escoltados por la fuerza pública. Iban esposados. Después bajó Víctor, acompañado de un mozo de equipajes que portaba su baúl, entre lisonjas y agradecimientos del revisor y del jefe de estación.
¡Alfredo! dijo Ros lanzándose a abrazar a su buen amigo. Se le ve bien,
– Tú tampoco estás nada mal -repuso Blázquez-. Veo que ya la has armado.
– Sí -dijo Víctor Ros, sonriendo con modestia-. Dos pillos que iban a timar a un espabilado. Lo de siempre.
– Nunca dejas de pensar, ¿verdad?
– Ya me conoces.
– Venga -añadió don Alfredo-. Vayamos al hotel. Estarás cansado.
Los dos amigos caminaron pausadamente por el andén, algo más despejado, mientras se ponían al día sobre sus respectivas familias.
