
– Tu mujer me dice que por la noche te tapes con una sábana; afirma que el relente te sienta mal y que sueles dormir con los postigos demasiado abiertos.
– No sabes el calor que estamos pasando, Víctor. Barcelona a veces puede ser muy húmeda.
– Más que Madrid, seguro -dijo Víctor Ros riendo divertido-. Bueno, bueno, yo he transmitido el mensaje. Por cierto, tu nieta está hecha un sol.
– ¿Sana?
– Sana como un roble.
– ¿Y mi ahijado?
– Mi hijo Víctor está perfecto. Gordito y feliz. Y Cecilia, también, es una cría preciosa. La niña de mis ojos.
– Eres afortunado, Víctor, tienes dos hijos maravillosos. ¿Y Clara?
– Esplendorosa. Ahí anda, con tu mujer y sus amigas, preparando no sé qué moción para que las dejen presentarse a las elecciones.
– ¡Pero si no pueden votar! ¿Cómo han de dejarlas presentarse?
– Ahí está el quid de la cuestión. Son sufragistas, querido amigo, sufragistas. Lo único que quieren es montar un escándalo y llamar la atención de la sociedad sobre lo injusto de su situación. Sus mentes nunca descansan.
Blázquez quedó pensativo por un momento.
– Creo firmemente que si las mujeres votaran otro gallo nos cantaría. Serían perfectamente capaces de hacer un mundo mejor -dijo.
– No te falta razón, Alfredo, no te falta razón.
Habían llegado al coche de caballos que don Alfredo tenía preparado. Víctor contempló el panorama que se abría ante él al salir de la estación: el trasiego de carruajes, tranvías, paisanos arrastrando carretones y gente a pie; resultaba impresionante.
– Vaya -apuntó echándose el bombín hacia atrás para ver mejor-. Me recuerda a la Puerta del Sol a las doce de la mañana. Esta siempre fue una ciudad laboriosa.
– ¿Cuánto tiempo hace que no venías por Barcelona, Víctor?
– Hace ocho años, creo.
