
– Perfecto -añadió guardando la navaja-. Conforme al horario previsto, como siempre.
– ¡Daroca! -gritó el factor de la estación indicando la parada a los viajeros.
Fue entonces cuando don Pablo lo comprendió todo, al ver que la joven tomaba del brazo a aquel chulo mientras lo miraba sonriendo. Lo habían desplumado. Había sido víctima de un timo. Ahora lo veía claro.
¿Cómo iba a querer una joven como aquélla mantener relaciones con un vejestorio como él, al que apenas conocía y, por ende, en el compartimento de equipajes de un tren? Eso no ocurría ni en la más increíble de las novelas de amor que leía su mujer. Pensó en ella y sintió que le invadía el pánico. Merecía la pena callar, perder el dinero si cabe, los gemelos y el reloj suizo, con tal de que no trascendiera lo ocurrido. Acababa de salir de su pueblo y ya lo habían timado. Se sintió avergonzado.
– Ahí te quedas, pardillo -dijo el timador abriendo la puerta del departamento de equipajes y sacando la cabeza para ver si el camino estaba despejado.
El sonoro clic de un arma al ser amartillada y el frío acero del cañón en la sien paralizaron al momento a aquel chulo. Unas esposas se cerraron sobre su muñeca, dejándolo anclado a una agarradera del pasillo.
– Espose a la joven, revisor -dijo una voz que surgió de la derecha.
El tipo en cuestión, bien vestido, de barba recortada, amplia frente y luminosos ojos entre verdosos y pardos, mantenía encañonado al timador.
– Quedan ustedes dos detenidos -repuso solemnemente.
Matas reconoció al viajero que había permanecido dormido a su lado durante casi todo el trayecto mientras él flirteaba con la joven.
– ¿Usted? -acertó a decir balbuceando, a la vez que se ponía de pie con dificultad.
– Víctor Ros, inspector de policía de la Brigada Metropoli tana -contestó su salvador inclinando la cabeza-. Me temo que, en cuanto lleguemos a Barcelona, estos dos pájaros pasarán un largo tiempo a la sombra. Ha tenido suerte, caballero.
