
– ¿Conoces la ciudad? -preguntó Blázquez cuando subían al carruaje.
– La conocía, pero crece tanto que temo que a estas alturas debo de ser un desconocido para ella y ella para mí. Pero no creas, cuando estaba en Figueras y juntaba varios días libres me venía para acá. Tomaba habitaciones en el Hotel Colón y pasaba unos días de órdago a la grande.
– Correrías de juventud.
– Exacto, Alfredo.
El coche comenzó a traquetear sobre el piso y Víctor miró hacia el exterior.
– ¿Alguna novedad? -preguntó refiriéndose al caso que había llevado a su amigo a la Ciudad Condal.
– Ninguna. Por eso te llamé.
– Tienes razón, qué pregunta más tonta. Sigue desaparecido.
– Sigue.
– Me gustaría asearme, cenar en el hotel y acostarme pronto. Estoy cansado.
Descuida, lie reservado unas habitaciones magníficas. Dan a las Ramblas y a la plaza de Cataluña. El hotel hace esquina.
– Perfecto. Si te parece, durante la cena me puedes poner al día.
– Eso había pensado.
El carruaje transitaba por la avenida de Roma. A Víctor le pareció que la ciudad estaba muy cambiada. El Ensanche, al igual que el barrio de Salamanca de Madrid, había supuesto un serio intento de hacer crecer la urbe de manera racional, moderna. Con amplias calles y un trazado regular, aquella manera de urbanizar debía descongestionar los barrios de la ciudad en los que se hacinaba y malvivía la gente, y en los que las viviendas dejaban mucho que desear en cuanto a su salubridad y condiciones de vida. Se había intentado imitar, al igual que en Madrid pero con más éxito, el desarrollo urbanístico de ciudades modernas como París o la mismísima Nueva York.
– Esto tiene, realmente, muy pero que muy buena pinta -dijo Víctor asintiendo complacido a la vez que miraba por la ventanilla.
– Sí, se lo han tomado en serio. Una de mis primas vive por aquí, la mujer del secuestrado, precisamente. Son muchos los burgueses que han comenzado a construirse casas por esta zona. Al parecer, y según me contaron mis primas, la ciudad presentó un proyecto de un tal Antoni Rovira i Trias con grandes ejes radiales que partían de la zona antigua, pero en Madrid el Gobierno central lo rechazó y apostó por éste de don Ildefonso Cerdá.
