
– Nunca aprenderemos, Alfredo.
– Me temo que no. Aun así, este Cerdá, hombre convencido por los postulados del socialismo utópico, hizo un diseño moderno, preocupado como estaba por las condiciones sanitarias de los obreros. Ya sabes: espacios abiertos con zonas ajardinadas, amplias vías, todos los servicios básicos en cada manzana…, pero los burgueses, los especuladores, han terminado por desvirtuar el proyecto buscando la máxima ganancia.
– Como siempre.
– Como siempre, Víctor. A pesar de todo la zona ha quedado coqueta, proliferan los comercios, los restaurantes y los cafés, así como las viviendas de gente bien. Cerdá fue un hombre concienciado.
– ¿Fue?
– Sí, ya murió. Dice el marido de una de mis primas, Eufrasio, que es ingeniero civil, que don Ildefonso Cerdá hizo algunos estudios muy interesantes sobre las condiciones de vida de los obreros en Barcelona, no creas, con estadísticas y todo, que son de lo mejorcito que se ha escrito al respecto.
– Vaya.
– Aun así el Ensanche es una zona próspera, prometedora.
El carruaje doblaba por la rambla de Cataluña y Víctor miraba por la ventanilla con aire nostálgico. Recordó aquella época en la que, tras su participación en la desarticulación de la célula radical de Oviedo, había sido ascendido a subinspector con destino en Figueras. El subinspector más joven en la historia de la policía española. Recordó las ilusiones de aquella época, los proyectos, y tuvo que admitir que las cosas no le habían ido nada mal.
– ¿Hablaste con Juan de Dios López Carrillo?
– Sí -dijo don Alfredo-. Pero no se ha mostrado muy colaborador.
Víctor sonrió para sí.
