
– Es un tipo muy suyo -repuso-. Se alegrará de verme, verás.
El coche había llegado a la puerta del Hotel Continental, en la esquina de la rambla de Canaletas con la plaza de Cataluña, y Víctor echó un vistazo arriba y abajo, contemplando las Ramblas. Lugar de paso por excelencia, aquélla era la arteria principal que articulaba la vida barcelonesa. Había surgido de manera paralela a la muralla de la ciudad, que construyera Jaime I en el siglo XIII y, de hecho, aquella avenida en su origen no era más que La cárcava de un torrente, el Cagalell.
A finales del siglo XVIII, dicha vía estaba tan llena de excrementos, residuos y trastos que se ordenó ir cubriéndola lentamente hasta convertirla en un curso subterráneo. Más adelante se derribó la muralla (una pretensión histórica de los ciudadanos de Barcelona), pues la ciudad necesitaba crecer, y un ingeniero militar, Juan Martín Cermeño, fue el encargado de convertir el antiguo lecho de un río en una avenida que atravesara la urbe de punta a punta. Las viejas Ramblas eran ahora lugar de reunión y paseo, a pesar de que el ambiente en verano era sofocante, lleno de polvo y, en época de lluvias o en invierno, intransitable por el barro. De hecho, con su remodelación definitiva comenzaron a levantarse en ellas los palacios más bellos, como el Palau de la Virreina, de la viuda de uno de los más famosos indianos, Manuel Amat; la Casa March de Reus o el elegante y celebrado Palau Moja.
Víctor miraba el panorama como hipnotizado. Eran las siete de la tarde y a aquella hora las Ramblas estaban repletas de gente.
Apenas se podía caminar: quioscos que servían bebidas; tranvías tirados por muías; coches de alquiler; paisanos con blusón gris que venían del tajo; damas peripuestas; institutrices y amas de cría empujando carritos de bebé de ruedas inmensas; algún militar de paseo y caballeros bien vestidos, a lo gentleman, algunos con chistera, que caminaban de arriba abajo dando a aquella arteria un aire vivo y alegre.
