– Consultamos los archivos. Están limpios, sus referencias cuando llegaron eran magníficas y llevan años trabajando en la casa.

– Bien hecho. Cuéntame entonces cómo fue lo de la desaparición.

– Sí, sí, mi prima vive en el Ensanche, en la calle Calabria. Aquella mañana, Gerardo iba a coger el tren porque tenía que ir a Madrid a cerrar un negocio.

– ¿Hora?

– Las ocho y cuarto de la mañana -contestó don Alfredo mirando su libreta de notas-. En la puerta de casa lo aguardaba un coche.

– ¿De alquiler?

– No, no, el suyo propio. Como ya te he dicho, el cochero es de absoluta confianza, trabaja en la casa desde niño.

– Bien, sigamos.

– A continuación el coche toma el camino del apeadero del barrio de Sants para llegar hasta el tren.

– Un trayecto relativamente corto.

– En efecto. Y cuando llega a la puerta de la estación, el cochero lanza la maleta a un mozo, baja a abrir la portezuela a su señor y se encuentra con que el interior de la berlina está vacío.

– ¡Vaya! ¡Qué caso! ¿Y cómo no me avisaste antes?

– No conocía los detalles hasta que llegué aquí.

– Es probable que se haya enfriado ya el husmillo. Ha pasado mucho tiempo. Bien, bien-dijo Víctor Ros atusándose su cuidada barba-. Este caso es muy pero que muy interesante. ¿Nadie lo vio bajar?

– Nadie.

– Feo asunto. Tengo que hablar con todos, todos los testigos, uno por uno y con calma. ¿Cuándo podré hablar con tu prima?

– Mañana por la mañana nos espera.

– Bien hecho, Alfredo. Avisa a Juan de Dios. Y ahora, me temo que me iré a descansar, La mente reposada funciona mejor.

– Yo me quedo un rato leyendo la prensa.

– Pues buenas noches y hasta mañana, amigo -dijo el inspector Ros levantándose.

– Buenas noches, Víctor.


A la mañana siguiente Víctor se despertó pronto. Las habitaciones que había tomado don Alfredo se comunicaban por una especie de pequeño salón en el que les sirvieron un excelente desayuno. Después de hojear la prensa del día, más para hacer tiempo que para otra cosa, los dos amigos bajaron al recibidor del hotel, donde los aguardaba Juan de Dios López Carrillo.



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