– ¡Dichosos los ojos! -dijo éste lanzándose en brazos de Víctor, quien pareció alegrarse mucho por el reencuentro con su viejo amigo.

Juan de Dios López Carrillo era un tipo alto; corpulento; de rasgos marcados, muy meridionales; moreno de tez y pelo; ojos negros y pobladas patillas, que cubrían por entero sus fuertes mandíbulas de sabueso.

– Estás más gordo, bribón -dijo Víctor riendo.

– ¡Y tú, y tú! -repuso el inspector de la policía barcelonesa-. Ya no quieres saber nada de los amigos, ¿eh? Leí lo de la casa esa encantada, la casa…

– Aranda -dijo Víctor sin dejar de mirar con cariño a su viejo amigo.

– … y lo del coronel aquel…

– Ansuátegui.

– Ese. Con lo de la viudita aquella y el envenenamiento. ¡Menudo caso! Leí todos los detalles en la prensa. Lo publicaban como un folletín. «El caso de la Viuda Negra», lo titularon. Eres famoso, amigo. Yo lo sabía, era evidente que llegarías lejos. Siempre has sido un tipo listo. -De pronto López Carrillo hizo una pausa y dijo de sopetón-: ¿Te acuerdas de la juerga aquella por San Juan, cuando tiramos a las dos putas a la fuente de Pedralbes? -Y estalló en una sonora carcajada.

Víctor reía un poco avergonzado mientras que don Alfredo parecía sorprendido al descubrir que su amigo no había sido siempre el joven responsable y estirado que él había conocido cuando aquél regresó a Madrid.

– Éramos jóvenes, Juan de Dios -dijo a modo de disculpa-. Alfredo, ¿tenemos tiempo para un café?

– Claro, sentémonos a charlar un rato.

Tomaron asiento en unas mesas que el hotel había dispuesto junto a la puerta, en la Rambla. Pidieron café para tres, y Víctor y López Carrillo ordenaron que en el suyo añadieran un poquito de coñac. A pesar de que era temprano, hacía ya calor. Aquel mes de junio prometía ser caluroso. La mañana era espléndida, el cielo, azul, y la luz, intensa.



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