
– Feo asunto el de don Gerardo Borras -dijo Víctor.
– Está muerto, créeme.
– Sí, parece lo más probable -declaró Ros-. ¿No tienes ninguna pista? ¿Nada?
El otro negó con la cabeza.
– Vaya -dijo Víctor encendiendo un cigarrillo-. ¿Fumas?
– No, mi mujer no me deja -contestó López Carrillo riendo de nuevo.
– ¡Vaya! Te casaste.
– Si
– O sea, que ya no quieres volver a tu pueblo.
– Quiá. Me casé con Eugenia Rusiñol.
Se hizo un silencio y los viejos amigos se miraron. Don Alfredo no sabía qué ocurría. Entonces Víctor, con la boca abierta, señaló con el índice a su amigo y dijo:
– ¿ La Pazguata?
– La Pazguata -contestó Juan de Dios, asintiendo.
Los dos comenzaron a reír como posesos.
– Perdona, amigo, perdona -dijo Víctor secándose las lágrimas de la risa-. Es que no me lo imaginaba siquiera. Eres de lo que no hay, amigo, de lo que no hay.
– No, no, si me lo tengo merecido. Éramos unos crápulas.
– No os sigo -dijo don Alfredo muy serio.
– Luego, aquello de volver a Cuenca…
– Ni en broma. Aquí vivo feliz. Eugenia es la mujer más maravillosa del mundo y me ha dado tres hijos. Me siento a gusto en la ciudad y no cambiaría esto por nada del mundo -añadió López Carrillo pasándose las manos por la barriga, que comenzaba a parecerse a la de un hombre feliz.
– Has cambiado, Juan de Dios.
– Sí. Un poco, creo.
– No sabes cuánto me alegro. Pareces integrado.
– Pues sí. Este es un buen lugar para vivir; mi mujer y los críos son de aquí, de Barcelona. Mis hijos están ahora en un club excursionista, redescubriendo su tierra.
– Me alegro, Juan de Dios, me alegro. -Entonces Víctor miró a don Alfredo y le hizo la aclaración que éste esperaba-: Conocí a este pedazo de pan cuando estaba destinado en Figue-ras. Tuve que venir a esta hermosa ciudad por un asunto relacionado con un timador, al que dicho sea de paso cazamos entre los dos.
