– Tú eras el intelecto y yo la fuerza bruta. ¡Qué equipo!

Víctor continuó:

– El caso es que mi buen Juan de Dios, natural de Cuenca, tenía su destino en Extremadura, pero llevaba aquí destinado cosa de un par de años. Digamos que estaba… ¿te parece correcto el término «desterrado»?

López Carrillo rio como un niño.

– Sí, sí -repuso-. Totalmente correcto. Podemos decir que me beneficié a la hija del comisario jefe de Badajoz. No creáis, no era lo que se dice muy virtuosa. El caso es que el hombre tenía influencias y me enviaron lejos de casa y a un destino complicado. Ya sabéis, los asuntos de faldas a veces salen caros.

– López Carrillo vivió aquí el sexenio revolucionario -aclaró Víctor-. No fue una época fácil para los funcionarios gubernamentales. Tampoco para la gente de la ciudad Tiempos agitados. De hecho, en un par de ocasiones se escapó por muy poco. Cuando llegué lo hallé poco adaptado, perdido en esta gran urbe y deseando volver. Él no entendía que Madrid no había tratado bien a esta ciudad. Para mí, todo empezó cuando Felipe V hizo entrar a saco al ejército. Hay cosas difíciles de olvidar. Luego hubo monarcas que fueron más queridos aquí, como Carlos III, que se preocupó por Aragón y Cataluña. Pero, bueno, el caso es que de eso han pasado ya muchos años y creo que con la Restauración las cosas volverán a su cauce. Ya veréis como poco a poco Sagasta hará que Cánovas les vaya cediendo algo más de autogobierno. Por eso no me gustan los radicales. Si intentamos hacer cambios, así, de golpe, el ejército, la aristocracia y la Iglesia acabarán por hacernos volver al absolutismo. No podemos olvidar que hemos padecido el mismo sistema político desde los Reyes Católicos y sería ingenuo creer que el antiguo régimen mutará por sí solo hasta convertirse en una República o un estado federal al estilo de Estados Unidos de Norteamérica, así, de un día para otro. Las cosas llevan su tiempo, han de hacerse cambios, sí, pero de manera pausada, con calma.



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