
Su rostro era agraciado, de mandíbula fuerte y recortada barba negra; sus ojos, felinos, verdes y escrutadores, luchaban por vencer el sueño. Se sentía algo excitado por su vuelta a Barcelona, al lugar donde había vivido momentos felices, despreocupados. Se estaba haciendo viejo, pero procuró no pensar en ello.
Miró a su derecha y comprobó que aquel petimetre que había subido con él al tren en el andén de Atocha, en Madrid, seguía a su lado. Su vecino de asiento era un burgués muy petulante que olía demasiado a loción de afeitado y que vestía como un galán pese a que ya no era un mozalbete. Lucía pantalón color crema muy ajustado y levita azul marino, cruzada, de amplias solapas y doble botonadura.
La mirada del pasajero somnoliento se dirigió entonces al asiento de enfrente de su compartimento, donde una vieja beata, que debía de haber subido al tren durante su pequeña siesta, leía muy embelesada un breviario. Iba vestida enteramente de negro, con cuello alto, y llevaba colgada una reluciente cruz que al viajero le pareció de oro blanco. Remataba el tocado de su pelo cano con un velo de tul negro, etéreo y vaporoso que, aunque echado hacia atrás, delataba su evidente condición de viuda. Parecía una piadosa anciana de tantas, refugiada en la religión durante sus últimos años de vida.
Cerró los ojos momentáneamente, estaba cansado.
– Buenos días -escuchó decir a una voz de mujer que sonó clara y juvenil.
La curiosidad le hizo volver a mirar y comprobó cómo su presuntuoso compañero de viaje se había levantado rápidamente para ayudar a una joven a colocar su bolso de mano en el pequeño altillo para equipajes del compartimento.
