
El viajero reparó en que era la chica que acababa de despedirse de su galán tras la portezuela que daba acceso al café de la estación.
De nuevo se le cerraron los ojos:
– Don Pablo Matas y Contreras, a su servicio -escuchó decir al caballero.
– Ana Ferrán -contestó la bella desconocida con su aterciopelada voz.
El pasajero, somnoliento, agotado como estaba, permanecía con los ojos cerrados, escuchando mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño.
– ¿Va usted a Barcelona? -preguntó el señor Matas.
– Sí, sí -dijo ella-. ¿Y usted?
– También, también. Me dirijo allí a cerrar unos negocios. Acabo de tomar, como quien dice, posesión de mi acta de diputado por Cuenca, participo en una comisión que debe visitar Cataluña por el asunto de los aranceles y ya me llueven los buenos acuerdos.
– ¡Vaya, enhorabuena!
– Gracias, gracias. Es una etapa que me ilusiona, la verdad. Soy un empresario de éxito, si se me permite decirlo. Me dedico a la manufactura de botones. Tengo una fábrica que exporta a media Europa. Y ahora entro en política. ¿Y usted, joven? ¿Vive en Barcelona?
– Acudo allí a casa de una tía. He quedado huérfana recientemente y ya sabe usted que una joven sola en esta vida lo tiene francamente difícil.
El viajero somnoliento volvió a abrir los ojos al escuchar este último comentario. Mientras Matas se ofrecía amablemente a hacer de cicerone en la Ciudad Condal, que decía conocer como la palma de su mano, el amodorrado pasajero repasó en detalle a la joven: bella, de hermosos ojos castaños, llevaba un elegante vestido verde que antaño presentó un amplio escote.
Este pequeño inconveniente de su indumentaria había sido enmendado cubriéndolo con una fina tela del mismo color que dejaba intuir más de lo necesario el hipnótico canal que separaba los hermosos y turgentes senos de aquella Venus. Iba quizá demasiado maquillada y sus labios eran carnosos y apetecibles. El desconocido reparó en que los pendientes de la joven eran caros: nada menos que dos brillantes adornaban los sensuales lóbulos de sus delicadas orejas. Menudo exceso.
