
– Víctor, al grano -terció don Alfredo sonriendo con indulgencia ante las divagaciones políticas de su buen amigo.
– Sí, sí, perdona. Tienes razón, divago. El caso es que López Carrillo lo llevaba mal. Era obvio que algunos funcionarios del Gobierno no eran muy queridos por aquí. Digamos que desde Madrid, durante una buena época, esto se gestionó como si fuera una delegación colonial, con la Ciudadela y el castillo de Montjuïc amenazando a la ciudad. Juan de Dios se sentía mal. Yo le insistía en que se integrara, que hablara con la gente, que se abandonara por las calles de la ciudad. Estaba tenso y no se dejaba llevar, caminar, embeberse del ambiente de la calle.
– Y no te hacía caso.
– Exacto. Yo, cuando venía por aquí, me perdía en la Barceloneta, en el Barrio Chino en los poblados de chabolas de los extremeños y murcianos de la playa, o en los ambientes más elevados del Liceo. Comprendí que ésta era una ciudad maravillosa y poliédrica, donde no sólo se hablaban dos idiomas sino muchos más; abierta al mar, cosmopolita: sólo había que pasarse por el puerto para comprobarlo. Aquí hay de todo, Alfredo, desde los ambientes más reaccionarios y más conservadores hasta el anarcosindicalismo más violento, que está haciendo de las suyas, pasando por una burguesía laboriosa, preeminente y acaudalada, sin olvidar a los regionalistas y, por supuesto, a miles y miles de obreros que vienen de toda España a trabajar y a intentar levantar cabeza en este lugar. Vamos, un ambiente variopinto, enriquecedor y, para mí, vibrante.
– Dices bien -interrumpió López Carrillo.
Víctor siguió a lo suyo:
– Esta es una ciudad fascinante, Alfredo. Me estimula. A veces es difícil de entender, no digo que no, pero también es capaz de sacar a flote lo mejor y lo peor de las personas que se dignan habitarla. Es un buen lugar donde vivir. Juan de Dios comenzó a comprenderlo, en parte, con nuestras incursiones nocturnas. Pero ahora me da la sensación de que lo ha entendido gracias a su media naranja. ¿No es así?
