
– En efecto, amigo, en efecto.
– Gracias a… la Pazguata, con perdón -dijo don Alfredo-. No quería faltar…
Juan de Dios López Carrillo miró a Blázquez con cara de pocos amigos y repuso:
– Me lo tengo merecido. En nuestra época de crápulas conocimos a unas jóvenes de buena familia en las sesiones vespertinas del Liceo. Rehúso contar aquí lo de mi amigo Víctor, aunque te comunico que ella está felizmente casada -dijo mirando a Ros-, pero yo, por mi parte, comencé a tontear con una joven cultivada y educada a la que no se nos ocurrió otra cosa que bautizar como «la Pazguata». -Entonces se santiguó diciendo-: Si se entera de esto me mata.
– Descuida, que aquella vieja anécdota acaba de desaparecer de la faz de la tierra -dijo Víctor-. En lo que a mí concierne, tu mujer se llama y siempre se llamó Eugenia. Esa nadería forma parte ya, para siempre, del pasado.
– Lo mismo digo por mi parte -añadió don Alfredo.
– Bien, es obvio que en aquella época mis intenciones eran de todo menos loables, pero, chico, cuando Víctor se fue me encontré solo y, ¿sabéis?, poco a poco le encontré un sustituto en mi Eugenia. Me la encontré un día con su aya caminando por las Ramblas y paseamos un rato. Comimos pipas de girasol y charlamos, ya no me pareció tan mojigata. Luego me invitó a su casa a jugar al tenis y poco a poco… Éramos unos imbéciles, Víctor.
– Vaya, Juan de Dios, me alegro por ti, amigo.
– Soy un tipo con suerte.
– Los tres lo somos. Esta noche os invitaré a tomar una copa de champán y brindaremos por nuestras respectivas: Clara, Mariana y Eugenia. Las mujeres hacen girar el mundo, amigos. Y ahora, tenemos un caso que aclarar.
