
López Carrillo dijo entonces:
– Yo he de acercarme a Badalona por otro caso, un asunto fácil pero cruento. Ayer un carnicero agarró el hacha y despachó a su parienta y a un sereno que se la beneficiaba desde hacía tiempo. Tengo que interrogarlo. Mañana nos vemos. He dado orden en Jefatura de que os suministren cualquier cosa que necesitéis.
– Gracias, amigo.
López Carrillo salió del salón tras despedirse y Víctor y don Alfredo se encaminaron hacia la recepción para pedir un coche de alquiler. Mientras don Alfredo hablaba con el encargado, Víctor sintió que le tocaban el hombro. Giró la cabeza y se vio frente a un guardia urbano. Vestía la característica casaca encarnada, pantalón negro y casco, y llevaba el enorme bastón reglamentario.
– Perdone, ¿es usted Víctor Ros?
– Sí, soy yo.
– ¿Y don Alfredo Blázquez?
– Es este caballero, ¿ocurre algo?
– Sí, me envían para avisarlos. Deben acompañarme: don Gerardo Borrás ha aparecido.
Capítulo 2
El coche de alquiler volaba hacia la casa de la calle Calabria, donde residía la familia Borras. Ros parecía impaciente y algo confundido a la vez. La expectación se leía en el rostro de don Alfredo.
– Pero -dijo el inspector Ros-, ¿cómo lo han encontrado? ¿Dónde?
– Fui yo, señor. En la misma puerta de su casa -contestó el guardia.
– Perdone, ¿usted se llama? -preguntó el detective sacando su bloc de notas.
– Fulgencio Costa.
– Cuéntemelo todo.
– Pues estaba a punto de terminar mi turno de guardia en la puerta de la casa de don Gerardo, no hará ni una hora; el caso es que de pronto levanté la mirada y vi que había un tipo raro frente a mí. No me di cuenta de cómo había llegado. No regía, eso estaba claro, miraba al frente, como perdido, y se negaba a circular. El caso es que me acerqué al hombre que, dicho sea de paso, parecía un eccehomo, y le dije que despejara la acera, que allí no había nada que hacer.
