– Azufre -dijo Ros muy serio. Entraron.

Hallaron la casa de la calle Calabria llena de gente: cuñados, cuñadas, algún conocido que otro, varios agentes de uniforme y criadas que iban de acá para allá. Una dama, que resultó ser doña Huberta, la mujer del secuestrado, lloraba en un sillón consolada por varias mujeres y el hijo, un petimetre de tres al cuarto, Alfonsín, que parecía divertido con todo aquello y bebía una copa de jerez tan tranquilamente.

Víctor fue presentado a aquella buena mujer pero tuvo la sensación de que la pobre no se enteraba de nada. Entonces se escucharon voces destempladas que venían del recibidor y Víctor llegó a tiempo para mediar en una agria polémica entre un sacerdote y un señor de porte aristocrático, con monóculo, que resultó ser el médico de la familia.

– ¡Silencio!-exclamó Víctor, que, mostrando su placa, hizo cesar el griterío-. Policía. Usted y usted, síganme. Alfredo, ven con nosotros.

El inspector Ros cerró las puertas correderas del coqueto gabinete de los Borras y obligó a sentarse a los dos contendientes, que don Alfredo identificó como Celestino Guadarrama, sacerdote, dominico, confesor de don Gerardo y amigo de la familia, y don Federico Ponce, el médico de los Borrás.

– A ver, explíquenme lo que pasa aquí y que sea rápido, tengo que hablar con don Gerardo cuanto antes: las primeras impresiones son vitales.

– No podrá. Está sedado. Le he tenido que inyectar fenobarbital como para tumbar a un elefante -dijo el médico.

– ¿Cómo? -repuso Ros.

– Sí, se estaba autolesionando en una crisis convulsiva, echaba espuma por la boca.

– ¡Está endemoniado! Hay que hacerle un exorcismo -terció el cura, un tipo con cara de fanático e inmensa papada-. ¡A la mayor brevedad!



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