Y dicho esto salió del cuarto.

– ¡Menudo asunto! -exclamó Blázquez.

– Quiero verlo -repuso Ros.

– Está sedado -dijo el doctor.

– Es igual, sólo quiero ver sus lesiones. Me vendrá bien que no se mueva. Es imprescindible que eche un vistazo a sus lesiones.

Víctor miraba por la ventana hacia el jardín, parecía pensar. Sabía que tenía que poner algo de orden en aquel caos. Con tiento, con pausa y usando la razón, las piezas volverían a encajar.

– La ropa -dijo de pronto-. ¿Le han quitado la ropa?

– Claro, está para tirar -dijo el médico-. Les he dicho a las criadas que la quemaran.

En aquel momento y sin mediar palabra alguna, Víctor salió a toda prisa del cuarto, atravesó la casa corriendo como un loco y chocó con una doncella, a la que hizo rodar con estrépito por el suelo con el servicio de té que transportaba.

– ¿Dónde queman la ropa? ¡Rápido! -gritó a la fámula.

– Por allí -dijo ella señalando desconcertada una puerta al final del pasillo.

Víctor salió corriendo de nuevo, llegó al patio trasero y, tomando unas pinzas, abrió el enorme horno hemisférico en que se hacía el pan de la casa. Metiendo medio cuerpo dentro, sacó un pantalón, una camisa, un chaleco, calcetines y hasta una bota.

Por poco se asfixia.

– Pero ¿estás loco?

Víctor, tumbado boca arriba y luchando por respirar, logró balbucear:

– Córcoles, mi amigo Córcoles…


El cuarto de don Gerardo permanecía en una especie de penumbra para calmar el estado de ansiedad en que, al parecer, se hallaba el enfermo. El doctor, don Federico, y el propio Víctor entraron en la habitación, por lo que la enfermera que velaba sentada junto a la cama se levantó para dejarles espacio.



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