
– Acudo a Barcelona precisamente porque mi situación económica no es demasiado buena -repuso en ese momento la joven, que continuaba hablando con don Pablo Matas.
El desconocido se fijó entonces en los botines de la joven, que eran de la casa Archetti, demasiado atrevidos para acompañar el conjunto que una joven decente debía lucir. Habían quedado al descubierto al tomar asiento y mostraban unos cordones de color rojo demasiado vivo y unos relieves en la zona del tobillo que le recordaron los que usaba la Claudia, la mejor prostituta de Figueras. No eran precisamente baratos, pues los traían especialmente de Milán.
Obviamente, le pareció raro que una joven de buena familia hablara con un desconocido sobre su situación económica nada más conocerlo. Era impropio de una dama bien educada reconocer algo así delante de nadie y menos de un extraño.
La observó con más atención y siguió la mirada de la joven cuando Matas abrió su billetera para tender una tarjeta a la hermosa muchacha. Los ojos de Ana Ferrán brillaron al ver el fajo de billetes que portaba en su cartera el industrial y de ahí migra-ron hacia los macizos gemelos de oro que asomaban bajo las mangas de la chaqueta del caballero. Tampoco dejó de echar un vistazo a la gruesa cadena de oro del reloj de bolsillo que se perdía bajo el elegante chaleco de aquel gentleman.
¿Es que tu mente nunca descansa?, pensó el desconocido, quien, al ver que ya no podría conciliar el sueño, se levantó y. tomando su sombrero, dijo al salir del compartimento:
– Disculpen.
Una vez en el pasillo, se encaminó hacia el restaurante dejando atrás el coche de primera y atravesando los vagones de la gente llana, donde el ruido y las voces se hacían más audibles. Un paisano, con un enorme pan redondo, faja y pañuelo de cuadros en la cabeza, cortaba tajadas de tocino con una inmensa navaja barbera. Dos críos corrían de acá para allá y un par de viejas, vestidas de negro y de rostro inescrutable por los enormes pañuelos con que cubrían sus cabezas, dormitaban al fondo del vagón. Consideró que aquél era su verdadero lugar.
