El aire de una ventanilla abierta le golpeó en la cara ayudándolo a volver en sí antes de entrar en el vagón restaurante, donde sólo un caballero tomaba una copa al fondo de la barra. Ni lo miró. Se sentó y pidió un café bien cargado. Permaneció absorto, mirando por la ventanilla hasta que le trajeron la humeante taza que, junto con un buen cigarrillo, le sacó al fin de su sopor.

Entonces levantó la vista, zarandeado por el traqueteo del tren, y se fijó en él.

El joven de la estación. El novio de la chica.

El galán al que había visto despidiéndose de la joven que, en esos instantes, charlaba animadamente con Matas en el compartimento. Se fijó en él. Era bien parecido, alto y delgado. Estaba sentado a la barra en un taburete elevado, con los codos apoyados, mirando al infinito y con una copa de coñac en la mano. Su pelo, repeinado hacia atrás, era abundante y negro, muy negro, y su rostro moreno estaba atravesado por dos imponentes patillas que le daban un aire claramente meridional. Le faltaba un pequeño fragmento del lóbulo de la oreja derecha, un tipo duro, y parecía esperar algo o a alguien. Entonces, el joven levantó su copa de coñac para beber un trago y el viajero desconocido comprobó, no sin sorpresa, que en la zona inferior de la muñeca del galán se apreciaba un tatuaje carcelario.

Vaya, se dijo, a la vez que decidía volver a su compartimento. Pagó y se levantó de su taburete. De camino pensó en que aquello era extraño, ¿Por qué iba una joven a despedirse de su novio si luego éste viajaba en el mismo tren que ella? Tal vez el joven de aspecto duro estaba allí sin que Ana Ferrán lo supiera, para seguirla o vigilarla. Quizá era un tipo celoso. Reparó en que la joven había dicho que se disponía a comenzar una nueva vida en Barcelona y en que sólo llevaba un bolso de mano. Sospechoso.



5 из 248