
Justo cuando entraba en el compartimento le pareció ver que el pie de la muchacha jugueteaba con el de Matas. Observó que si el ex presidiario del restaurante se presentaba allí en aquel mismo momento, Matas pasaría un mal rato.
Tomó asiento. Eso era, un mal rato. Fue entonces cuando supo lo que ocurría.
– Es usted una joven deliciosa -decía Matas-. Me gustaría visitarla, si es posible, en cuanto me instale en Barcelona. Estaré allí más de un mes.
– Claro, claro, será un placer -contestó ella, parpadeando de una manera que al viajero le pareció hasta ridícula por lo exagerada.
Comprobó entonces, sin perder detalle, que Matas tocaba con el pie la pantorrilla de la joven, que estaba sentada justo enfrente de él. La beata no se percató de nada y las miradas de la joven y del caballero castellano se encontraron como si no hubiera nadie alrededor.
En aquel momento el industrial y diputado se levantó con disimulo y salió al pasillo con el pretexto de que iba a no sé dónde. El viajero desconocido se dio cuenta de que esperaba en el pasillo, pues lo vio reflejado en el cristal de la ventanilla.
Después salió ella.
El pasajero se levantó a toda prisa para buscar su bolso de mano y avisar al revisor.
La respiración de Matas era agitada. La joven no sólo se dejaba besar, sino que parecía muy excitada y emitía pequeños gemidos cuando él apretaba sus senos, que se estremecían bajo el vestido. Aquello prometía, pensó el hombre. Toda su vida había fantaseado con la posibilidad de ganar un acta de diputado. Era la mejor manera de conseguir poder e influencia, de prosperar aún más en sus negocios y escapar de su autoritaria mujer durante largas temporadas, que le permitirían hacer de las suyas en múltiples viajes oficiales. ¡No podía creerlo! Ni siquiera había tenido que llegar a Barcelona para lograr su primera conquista y, además, la joven, nada menos que una huérfana desvalida, iba a residir en la misma ciudad que él.
