Sí, Pablo Matas se las prometía muy felices.

Comenzó a subir lentamente la falda de la joven que, muy sofocada, suplicaba por su virtud. Mientras besaba el cuello de aquella apasionada jovencita, Matas luchó por quitarle el refajo.

– ¡Sí… sí…! -decía ella, excitándolo aún más.

Entonces se abrió de golpe la puerta del compartimento de equipajes y apareció un tipo alto, fornido y con aspecto de duro. No vestía mal, aunque tenía cierto aire peligroso y una mirada ruda, inhumana, que se fijaba en don Pablo Matas como si fuera una presa. Este se separó de un salto de la joven, justo antes de recibir un puñetazo en pleno rostro que le hizo rodar por el suelo. Debió de golpearse la ceja al caer, porque cuando logró ponerse en pie, un velo rojo le cubría enteramente el ojo derecho.

– ¡Maldito hijo de puta! ¡Te rajo! -dijo el otro sacando una inmensa navaja que hizo que la joven prorrumpiera en un sonoro grito de pánico.

– ¡No, no! ¡Espere! ¡Ha sido ella! -exclamó el burgués intentando salvar la vida.

– ¡Lo he visto! ¡Estaba usted forzando a mi hermana! ¿Verdad? -dijo aquel energúmeno mirando a la joven, que ya se había cubierto y aguardaba sumisa en un rincón.

– Sí -afirmó ella mintiendo descaradamente-. Me ha traído aquí mediante engaños y quería violarme. ¡No, no! ¡Miente! gritó Malas.

– ¡Te mato, bastardo! -dijo el afrentado hermano de Ana Ferrán, a la vez que con una mano tomaba por el cuello al industrial para intentar apuñalarlo con la otra.

– ¡No lo mates, no lo mates! -gritaba la joven.

– ¡Espere! ¡Espere! ¡Tengo dinero! ¡Mucho dinero!

El joven arrojó a un rincón al diputado, que quedó allí hecho un guiñapo, y adoptó después un aire pensativo. Miró al techo con desesperación y, de pronto, dijo:



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