
– No merece la pena que me manche las manos de sangre con usted. Llamare a la policía y tendrá su merecido. Mi hermana es menor de edad. Es usted un sucio pervertido.
Don Pablo Matas y Contreras sintió que se le hundía el mundo bajo los pies.
– No… no… espere, por favor-suplicó patéticamente-. Todo ha sido un malentendido y nadie ha salido herido. La virtud de su hermana está intacta, ¿verdad?
La joven asintió.
– ¿Y qué? Es usted un delincuente, un violador de muchachas. Se le va a caer el pelo, seguro.
Matas, de rodillas en el suelo, suplicó de nuevo:
– Espere, se lo ruego. No ha ocurrido nada irreparable. Es la primera vez en mi vida que me pasa algo así y no volverá a pasar, se lo juro. No sé qué me pasó por la cabeza, creí que ella quería, se lo aseguro. Un escándalo no conviene a nadie, ni a mí ni a su hermana. Estoy dispuesto a compensarles por el mal rato que ha pasado la joven y por el sufrimiento que le pueda haber causado a usted, de verdad.
El hermano de la joven cerró la puerta y la miró como pidiendo consejo, mientras el industrial sacaba su billetera y les tendía un buen fajo de billetes. Hizo otro tanto con su reloj.
– Los gemelos -ordenó el afrentado.
Matas se deshizo de ellos y la joven tomó el dinero y las prendas que les entregaba el diputado metiéndoselo todo bajo el refajo en un gesto que resultó un tanto ordinario viniendo de una joven dama.
Don Pablo, que permanecía de rodillas, se sintió algo aliviado. Parecía que iba a salir con bien de aquello. Tenía un aspecto patético. La corbata aflojada, la pechera de la camisa rota y algunos mechones de su cabello, que debían cubrir su ya avanzada calvicie, caídos ridículamente hacia la derecha.
– Míralo -dijo el joven moreno-. ¡Qué pena de hombre!
En aquel momento el tren se detuvo.
