
– ¿Y Friedrich habría vuelto sin Gisela por el bien de su país? -inquirió Rathbone, dubitativo-. Ya había renunciado al trono por ella. ¿Iba a echarse ahora atrás?
La condesa no dejaba de mirarlo. Tenía una cara extraordinaria, llena de fuerza, de convicción, de emoción y voluntad. Cuando hablaba de Gisela resultaba grotesca: la nariz demasiado grande, los ojos demasiado separados. Cuando hablaba de su país, del amor, del deber, era hermosa. Comparada con ella, cualquier otra persona parecía poco generosa, insípida. Rathbone no parecía ser consciente del ruido del tráfico al otro lado de la ventana, del chacoloteo de las herraduras, de los ocasionales gritos, del sol sobre el cristal, o de Simms y el resto de empleados de la oficina al otro lado de la puerta. En lo único que pensaba era en un pequeño principado germánico, en la lucha por el poder y la super-vivencia, en los amores y los odios de una familia real y en la pasión que encendía a esa mujer que tenía delante, que la hacía más excitante y más profundamente viva que cualquier otra persona en la que pudiera pensar. Lo sentía como una oleada que le recorría las venas.
– ¿Lo haría? -insistió.
Una curiosa expresión de dolor y lástima, casi vergüenza, asomó en la cara de la condesa. Por primera vez no lo miró de frente, como si desease poner a salvo sus verdaderos sentimientos de la percepción del abogado.
– Friedrich siempre ha estado convencido de que su país lo reclamaría algún día y de que, llegado el momento, aceptarían también a Gisela y reconocerían lo mucho que valía. Es decir, que la verían como él la veía, y no como es en realidad. Vivía con esos sueños. A ella le aseguró que las cosas sucederían de ese modo. Cada año decía lo mismo. -Sus ojos se encontraron con los de Rathbone-. Así que, para contestar a su pregunta, le diré que Friedrich no pensaba que regresar a Felzburgo supusiera retractarse de su compromiso con Gisela, sino que lo imaginaba como un regreso triunfal con ella a su lado, reivindicando todo lo que él siempre había defendido.
