Pero ella no es tonta. Sabía que eso nunca sería así. Él regresaría y a ella le negarían la entrada, la humillarían públicamente. Él quedaría aturdido, consternado, turbado, pero para entonces Rolf Lansdorff y la reina ya se habrían ocupado de que no renunciara por segunda vez.

– ¿Cree que es eso lo que habría sucedido? -preguntó Rathbone con calma.

– Nunca lo sabremos, ¿no es cierto? -dijo la condesa con una curiosa y sombría sonrisa-. Está muerto.

El impacto de estas últimas palabras golpeó al abogado repentinamente y con fuerza. El asesinato ya no parecía tan poco razonable. Otras personas habían matado por muchísimo menos.

– Comprendo -dijo sobriamente-. Eso construye un argumento muy fuerte que cualquier jurado formado por hombres de la calle entendería. -Juntó las manos formando un ángulo y apoyó los codos sobre la mesa-. Bien, ¿por qué deberían creer que fue la desgraciada viuda la que cometió el asesinato y no algún seguidor del príncipe Waldo o de cualquier otra potencia alemana que creyera en la unificación? A ellos tampoco les faltan buenos motivos. Se han cometido incontables asesinatos para ganar o perder reinos, pero ¿llegó Gisela a matar a Friedrich ante la posibilidad de perderlo?

Los dedos fuertes y delgados de la condesa asieron los brazos de la silla de cuero al inclinarse hacia Rathbone con expresión atenta.

– ¡Sí! -dijo con firmeza-. A ella Felzburgo, o cualquiera de nosotros, le importamos un comino. Si él hubiera regresado y renunciado a ella, por propia voluntad o por coacción (eso da lo mismo, el mundo no lo sabría ni se preocuparía en saberlo), el sueño se habría venido abajo, la gran historia de amor se habría roto en pedazos. Ella se convertiría en una figura patética, incluso ridícula, una mujer abandonada después de doce años de matrimonio; y no se encuentra ya, precisamente, en la flor de la juventud.



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