– Pero influirá en el jurado -apuntó Rathbone-. Quizá piensen que habla movida por la envidia.

Se quedó callada durante un instante.

Él esperó. No llegaba hasta ellos ni un solo sonido desde el otro lado de la puerta, aunque el tráfico de las calles seguía produciendo un rumor constante.

– Tiene razón -admitió ella al fin-. Qué tedioso resulta tener que preocuparse de cosas tan lógicas, pero comprendo que es necesario.

– Volvamos a Gisela, si es tan amable. ¿Por qué querría matar a Friedrich? ¿Tal vez porque él estaba a favor de la independencia aun al precio de entrar en guerra?

– No. Aunque, indirectamente, sí.

– Muy bien -comentó Rathbone con un deje sarcástico-. Explíquese, por favor.

– ¡Es lo que intento! -La avidez ardía en su mirada-. Existe una facción considerable que lucharía por la independencia. Necesitan a un líder alrededor del que organizarse…

– Comprendo. ¡Friedrich, el primer príncipe heredero! Pero abdicó. Vivía en el exilio.

Ella se inclinó hacia delante, con el rostro marcado por la ansiedad.

– Pero podía regresar.

– ¿Podía? -Rathbone dudaba de nuevo-. ¿Y Waldo? ¿Y la reina?

– ¡Exacto! -Exclamó, casi exultante-. Waldo se opondría, no por la corona, sino para evitar la guerra contra Prusia o quienquiera que fuese el primero en intentar absorbernos. Sin embargo, la reina se aliaría con Friedrich por la causa de la independencia.

– Entonces Gisela se convertiría en reina tras la muerte del rey -apuntó Rathbone-. ¿No ha dicho que era eso lo que deseaba?

Ella lo contemplaba con un resplandor en la mirada, verde ybrillante, pero su rostro reflejaba una paciencia a toda prueba.

– La reina no toleraría que Gisela regresara al país. Si Friedrich quería regresar, debía de hacerlo solo. Rolf Lansdorff, el hermano de la reina, que tiene muchísimo poder, también apoyaba el regreso de Friedrich, pero nunca habría aceptado a Gisela. Cree que Waldo es débil y



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