Los ángulos de su cara se acentuaron, su voz se ensombreció.

– Por otro lado, al quedar viuda, vuelve a ser la gran figura de la tragedia personal, objeto de admiración y envidia. Tiene misterio, encanto. Y además es libre de ofrecer o no sus favores a algún admirador, siempre que sea discreta. Pasará a la leyenda como una de las grandes amantes del mundo, será recordada en las canciones y en la historia. ¿Quién no envidiaría algo así? Es una especie de inmortalidad. Por encima de todo, se la recordará con admiración, con respeto. Nadie se reirá de ella. Y, por supuesto -añadió-, se queda con la fortuna personal de su marido.

– Comprendo. -Muy a su pesar, le había convencido. Había capturado su atención, su intelecto y sus sentimientos. No podía evitar imaginar las pasiones que en un principio habían embargado al príncipe, el asombroso amor por esa mujer, tan intenso que había renunciado a un país y a un trono por ella. ¿Cómo sería ella? ¿Qué carácter radiante, qué encantos únicos poseía para inspirar semejante amor?

¿Se parecería en algo a la propia Zorah Rostova, tan intensamente viva que despertaba en él sueños y ansias que ni siquiera sabía que poseía? ¿Le llenaba también de vitalidad y le hacía creer en sí mismo, ver en una sola mirada todo lo que podía alcanzar o llegar a ser? ¿Cuántas noches insomnes había pasado él debatiéndose entre el deber y el deseo? ¿Cómo había sopesado la idea de una vida dedicada a la corte -las interminables formalidades diarias, el aislamiento que por fuerza debe rodear a un rey, la soledad de estar lejos de la mujer a quien amaba- y la tentación de una vida en el exilio con la compañía constante de una amante tan extraordinaria? Envejecerían juntos, lejos de su familia y su país y, con todo, nunca estarían solos. Con la única excepción de la culpabilidad. ¿Se sentía culpable por haber escogido la senda del deseo y no la del deber?



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