
– Ahora iba a hablar de ella. Friedrich era partidario de la independencia, incluso al precio de la lucha. Muchos de nosotros estábamos de su parte, sobre todo en la corte y en las esferas más próximas.
– ¿Y Waldo no? ¿No sería él quien más tenía que perder?
– Cada cual entiende el amor a su país de forma diferente, sir Oliver -repuso la condesa con repentina seriedad-. Para algunos puede ser luchar por la independencia, incluso dar la vida por ella si es necesario. -Lo miraba de hito en hito-. Para la reina Ulrike es vivir de una forma determinada, ejercitar el control de uno mismo, el dominio de la voluntad, pasar toda la vida intentando intrigar y coaccionar para obtener lo que considera correcto. Asegurarse de que todo el mundo se comporta de acuerdo con un código de honor que ella aprecia por encima de todas las cosas. -Lo observaba detenidamente, sopesando su reacción-. Para Waldo significa que su pueblo tenga pan en la mesa y pueda dormir sin miedo por la noche. Creo que también le gustaría que todos leyesen y escribiesen lo que quisieran, pero eso ya sería pedir demasiado. -En el fondo de sus ojos verdes se apreciaba una tristeza indescifrable-. No se puede tener todo. No obstante, creo que Waldo debe de ser más realista. No permitirá que nos ahoguemos intentando retener una marea que según él nos inundará hagamos lo que hagamos.
– ¿Y Gisela? -insistió Rathbone, para retomar el tema.
– ¡Gisela no sabe lo que es el patriotismo! -Espetó la condesa, con el semblante rígido-. Si lo supiera, no habría intentado convertirse en reina. Quería serlo por motivos personales, no por su pueblo, ni por la independencia o la unificación, ni por nada político o nacional, sólo porque le resultaba atractivo.
– No la tiene en mucha estima -observó Rathbone con suavidad.
La condesa sonrió, su rostro se transformó por completo, pero detrás de la sonrisa se escondía una ira implacable.
– No la soporto. Pero eso no viene al caso. No implica que lo que yo diga sea cierto o falso…
