
Tras haber dejado los periódicos sobre la parte superior de un pequeño estante giratorio, colocó las cartas de sus sobrinas en un cajón de la mesa de despacho, y depositó la comunicación de Mrs. Smith sobre el portaobjetos del escritorio.
La habitación era agradable. Para su estilo moderno, contenía demasiados cuadros,, demasiados muebles, y demasiadas fotografías. Los cuadros, encuadrados en amarillentos marcos de madera de arce, eran reproducciones de obras maestras victorianas: las Burbujas y el Despertar del alma, de Sir John Millais; Esperanza, de Mr. G. F. Watt, y un melancólico Ciervo, de Landseer. Las sillas, de madera de nogal profusamente talladas, pero sorprendentemente cómodas, con los brazos curvados y espaciosos asientos. Las fotografías eran casi como una guía de la moda de los últimos veinte años, en marcos mucho más antiguos, como reliquias de una época dedicada a las filigranas plateadas y a la felpa. De hecho, estas fotografías eran un archivo de los casos de Miss Silver. Al servir los fines de la justicia, ella había salvado el buen nombre, la felicidad y, a veces incluso, la vida de estas gentes que le sonreían desde la repisa de la chimenea, desde la parte superior de la estantería y desde cualquier otro lugar donde había sido posible encontrar sitio para ellas.
