
Cuando echó hacia atrás la silla y tomó asiento, sonó el teléfono. Descolgó el receptor y oyó una voz profunda, que dijo:
– ¿Es ahí el número 15 de Montague Mansions?
– Sí, aquí es -contestó.
Era una voz de mujer, aunque lo bastante grave como para haber sido de un hombre. Ahora volvió a hablar.
– ¿Estoy hablando con Miss Maud Silver?
– En efecto. Al habla.
– Supongo que ya habrá recibido mi carta… -siguió diciendo la voz- solicitándole una entrevista… Soy Mrs. Smith.
– Sí, la tengo aquí.
– ¿Cuándo puedo verla?
– Ahora, tengo tiempo libre.
– Entonces, iré a verla en seguida. Supongo que tardaré unos veinte minutos. Hasta ahora.
El otro receptor colgó. Miss Silver hizo lo propio con el suyo. Después tomó la pluma y comenzó a escribir una carta breve, pero severa a su sobrina Gladys.
Ya había avanzado algo en la mucho más agradable tarea de contestar punto por punto la carta de su querida Ethel, cuando sonó el timbre de la puerta, y se vio obligada a dejarla. Un instante después, la fiel Emma Meadows abría la puerta y anunciaba:
– Mrs. Smith.
2
Una mujer de edad avanzada y espaldas encorvadas penetró en la habitación. Tenía un pelo gris y fino bajo un gastado sombrero, con un velo algo extravagante y bastante polvoriento, que colgaba de los bordes con cierto desorden.' A pesar de que reinaba un tiempo casi veraniego, llevaba puesto uno de esos abrigos de piel que disfrazan el conejo original con el nombre de imitación de nutria.
