Era de corte anticuado y, evidentemente, había sido usado mucho tiempo. Debajo de él había una prenda de vestir de lana parduzca, con un dobladillo irregular. Zapatos negros, con tacones sólidos y bajos y guantes negros rozados por el uso completaban la imagen.

Miss Silver le estrechó la mano e invitó a su visitante a que tomara asiento. Parecía como si a Mrs. Smith le faltara la respiración, y cuando cruzó la sala dejó ver su cojera.

Miss Silver le dio tiempo. Se sentó en la silla situada al otro lado de la chimenea, extendió la mano hacia la bolsa de labores de punto que estaba sobre la pequeña mesa, a la altura del codo, y tomando una madeja de fina lana blanca empezó a calcular el número de puntos que tendría que poner para hacer una camiseta de niño. Era una suerte que tuviera tanta cantidad de esta lana excepcionalmente suave, puesto que los inesperados mellizos de Dorothy exigirían un equipo completo.

En la silla colocada frente a ella, Mrs.


Smith había sacado un gran pañuelo blanco y se estaba abanicando. Su respiración era bastante fatigosa, pero ahora, dejó caer el pañuelo y dijo:

– Le ruego me disculpe. No estoy acostumbrada a subir escaleras.

Su voz era bronca y la forma de hablar abrupta. Se percibía en ella la ligera sospecha de un lejano acento londinense.

Miss Silver había terminado sus cálculos y estaba haciendo punto con rapidez, siguiendo el método continental. Con voz agradable, preguntó:

– ¿Qué puedo hacer por usted?

– Bueno, en realidad no lo sé -contestó Mrs. Smith, que doblaba el borde de su pañuelo-, He venido a verla por un asunto profesional.



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