
– ¿Sí?
– He oído hablar de usted a una amiga… no hace falta decir quién es. De hecho, desde el principio hasta el final de mi asunto, alguien se apresuró a recomendarme a usted.
El hacer punto era algo tan habitual en Miss Silver como una segunda naturaleza, permitiéndole prestar una completa atención a su cliente.
– No importa en absoluto quién la recomendó para que viniera a consultarme -observó-, pero debo advertirle que mi capacidad para ayudarla dependerá en buena medida de si quiere decidirse a ser franca.
La cabeza de Mrs. Smith se alzó de una manera que solía interpretarse como «mosqueo».
– ¡Oh, bueno! Eso dependerá…
– ¿De si usted tiene la impresión de poder confiar en mí? -preguntó Miss Silver, sonriendo-. No puedo ayudarla a menos que sea así. Las cosas a medias son bastante inútiles. Tal y como expresara Lord Tennyson de un modo tan bello: «¡Oh! Confía en mí por completo, o no confíes en absoluto.»
– Eso me parece pedir mucho -observó Mrs. Smith.
– Quizá. Pero tendrá usted que decidirse. En realidad, no ha venido aquí para consultarme, ¿verdad? Ha venido porque le han hablado de mí y porque deseaba saber si podía confiar en mí.
– ¿Qué le hace pensar así?
– Es lo que sucede con la mayor parte de mis clientes. No resulta fácil hablar con una persona extraña sobre asuntos privados.
– De eso se trata precisamente… -dijo Mrs. Smith con energía-. Son asuntos privados. No quisiera que se supiera por ahí que he estado viendo a una detective.

De repente, pareció establecerse una considerable distancia entre ambas. Sin necesidad de pronunciar palabra, ni hacer ningún movimiento, esta persona pequeña con aspecto de institutriz parecía haberse alejado. Con su flequillo curvado, su vestido pasado de moda -cachemira verde oliva-, su broche que imitaba la figura de una rosa con una perla, con sus medias negras de hilo y sus zapatos glacé demasiado pequeños para el pie moderno, podría haber surgido de cualquier álbum de fotografías antiguas.
