Y con aquella sensación de retirada que produjo, podría estar a punto de volver de nuevo a aquel álbum hipotético. Pero lo más asombroso de todo fue que Mrs. Smith descubrió que no deseaba que se marchara. Antes de saber lo que iba a hacer, se encontró diciendo:

– ¡Oh, bueno! Sé que todo lo que le diga será confidencial y mantenido en absoluto secreto, claro.

– Sí, quedará perfectamente a salvo, entre nosotras dos.

La actitud de Mrs. Smith había cambiado imperceptiblemente, y también su voz. Tenía un tono profundo por naturaleza, pero había desaparecido algo de su brusquedad inicial.

– Bueno, tiene razón -admitió-. Ya sabe… Sólo vine para conocerla un poco. Cuando le cuente la verdadera razón de mi visita, me atrevo a suponer que usted misma comprenderá que lo haya hecho así.

– Y ahora que ya me ha visto, ¿qué sucede?

Mrs. Smith hizo un gesto casi involuntario. Su mano se levantó y cayó a continuación. Fue un pequeño detalle, pero que no concordaba muy bien con el abrigo de piel de conejo, ni con el resto de su indumentaria. Hubiera sido mejor que siguiera abanicándose con el pañuelo. Aquel gesto de ligera gracia estaba fuera de lugar. Se dio cuenta de ellos demasiado tarde, y con mayor acento que antes, dijo:

– ¡Oh! Voy a hacerle una consulta. Sólo que, claro está, resulta un poco difícil empezar.

Miss Silver no dijo nada. Siguió con su labor de punto. Había visto a tantos clientes en esta habitación… algunos de ellos se sentían realmente aterrorizados, otros estaban aturdidos por el pesar, otros en cambio necesitaban amabilidad y palabras tranquilizadoras. Mrs. Smith no parecía encajar en ninguna de aquellas categorías. Tenía su propio plan y su propia forma de llevarlo adelante, eso era evidente. Si hubiera decidido hablar desde el principio, lo habría hecho, y si no se había decidido aún, permanecería en silencio. Repentina y bruscamente, pareció haber tomado la decisión de hablar.



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