
– Mire -dijo-, sucede lo siguiente: tengo la impresión de que alguien está tratando de asesinarme.
No era la primera vez que Miss Silver escuchaba éstas o parecidas palabras. No expresó por tanto ninguna conmoción o incredulidad, pero preguntó con firmeza y serenidad:
– ¿Qué motivos tiene para pensar así, Mrs. Smith?
Las manos enguantadas de negro estaban estirando del pañuelo.
– Hubo una sopa…, tenía un gusto…, extraño. No la tomé. Hubo una mosca que se acercó a una gota caída sobre la mesa. Al cabo de un momento estaba allí, muerta.
– ¿Qué sucedió con el resto de la sopa?
– Fue tirado.
– ¿Por quién?
– Por la persona que me la trajo. Le dije a ella que no me gustaba, que estaba mala y la arrojó por el tragadero del baño.
– ¿Hay un tragadero en el cuarto de baño?
– Sí. Yo no suelo bajar mucho porque he estado coja. Es muy útil poder hacer el lavado en el mismo lugar.
– Y eso lo hizo la misma persona que le trajo la sopa. ¿Quién es esa persona?
– Supongo que la podrá llamar una… ayudante. He sido una especie de inválida… Ella me cuida. Y no necesita sospechar de ella, porque sería capaz de envenenarse a sí misma antes que a mí.
– No debería haber tirado la sopa -observó Miss Silver con brusquedad-. Tendría que haberla hecho analizar.
– No se me ocurrió pensarlo. ¿Sabe? Era sopa de champiñones… Pensé que alguno debía estar malo. No pensé que Mrs…-se puso enhiesta, con una sacudida-. Quiero decir que una buena cocinera podría distinguir una seta venenosa de un champiñón, ¿no cree?
Miss Silver ignoró la pregunta.
– Quiere dar a entender que en aquel momento no le dio gran importancia al incidente. ¿Quiere decirme qué le ha hecho considerarlo ahora como algo mucho más grave?
