
— En eso ya hemos estado de acuerdo otras veces — convino Van Ryberg —. Podemos discutir incansablemente acerca de Karellen y siempre llegamos al mismo punto: ¿por qué no se muestra en público? Mientras no se decida a hacerlo yo seguiré elaborando mis teorías y la Liga de la Libertad seguirá lanzando sus anatemas.
Van Ryberg echó una mirada rebelde hacia el cielo raso.
— Espero, señor supervisor, que en una noche oscura un periodista llegue en un cohete hasta su nave y entre por la puerta de atrás con una cámara fotográfica. ¡Qué primicia sería!
Si Karellen estaba escuchando no lo demostró. Pero, naturalmente, no lo demostraba nunca.
En el primer año, el advenimiento de los superseñores, contra todo lo que podía esperarse, apenas había alterado la vida humana. Sus sombras estaban en todas partes, pero eran unas sombras poco molestas. Aunque había escasas ciudades en las que los hombres no pudiesen ver uno de esos navíos de plata, relucientes bajo el cenit, al cabo de un cierto tiempo todos aceptaron su existencia así como aceptaban la existencia del Sol, la Luna o las nubes. La mayoría de los hombres apenas advirtió que la elevación constante del nivel de vida se debía a los superseñores. Cuando pensaban en eso, lo que ocurría raramente, advertían que gracias a esas naves silenciosas reinaba por primera vez en toda la historia una paz universal, y se sentían entonces debidamente agradecidos.
