
Estaba recién entregado a esa tarea cuando de pronto se sintió un clic, y una parte de la oscuridad se hizo a un lado. Stormgren alcanzó a distinguir la silueta de un hombre, recortado contra la luz pálida del fondo. Enseguida la puerta se cerró de nuevo, y las sombras volvieron a su sitio. Todo había sido tan rápido que Stormgren no había alcanzado a ver cómo era su habitación.
Un instante después, le cegó el resplandor de una poderosa linterna eléctrica. El rayo le iluminó la cara, se detuvo allí un momento, y luego descendió. Stormgren vio entonces que el techo no era más que una manta extendida sobre unos toscos tablones.
Una suave voz le habló desde la oscuridad. Su inglés era excelente, pero con un acento que Stormgren no pudo identificar al principio.
— Ah, señor secretario. Me alegra que ya esté despierto. Espero que se encuentre muy bien.
Había algo en esa última frase que llamó la atención a Stormgren. La airada pregunta que estaba a punto de hacer le murió en los labios. Miró fijamente las sombras y dijo al fin con calma:
— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
El otro lanzó una risita.
— Varios días. Nos prometieron que no habría complicaciones. Me alegro de que así sea.
En parte para ganar tiempo, en parte para estudiar sus propias reacciones, Stormgren sacó las piernas fuera de la cama. Llevaba aún su pijama, pero estaba ahora terriblemente arrugado y bastante sucio. Sintió al moverse una ligera pesadez, no tanta como para sentirse molesto, pero sí suficiente como para probarle que le habían administrado alguna droga.
Se volvió hacia la luz.
— ¿Dónde estoy? — preguntó con una voz cortante — ¿Es esto obra de Wainwright?
