
Observó al tribuno laticlavio que acababa de dirigirle la palabra. ¿Qué edad podía tener? ¿Veinte? ¿Veintiún años? Con seguridad, no había cumplido los veinticinco. Ése era justo el tipo de oficial que más le costaba soportar. No procedía del ejército ni solía tener experiencia castrense. Se trataba únicamente de uno de los hijos de la clase senatorial. Cuando los demás romanos estaban ya hartos de pasar penas, ellos salían de sus villas, abandonaban sus baños lujosos, renunciaban -por lo menos en parte- a sus platillos exquisitos y recibían un cargo de tribuno sin mover un dedo. Al final, nunca se quedaban en las legiones. Pasaban por ellas con la mayor rapidez posible y, acto seguido, se presentaban a alguna de las elecciones que se celebraban en Roma. Presumían de la defensa que habían realizado del limes, de su fervor por la patria, de su lealtad al emperador. La verdad, sin embargo, era que no recordaban a ninguno de sus antiguos compañeros de armas. Tampoco estaban dispuestos a echarles una mano para un traslado de destino o para que se les otorgara alguna más que merecida recompensa. No. Para ellos sólo habían sido peldaños sobre los que trepar en su ascenso hacia el poder. Y éste no era de los peores…
– Vigilaba a los hombres, domine -respondió Valerio con una voz impregnada del respeto obligado aunque no sentido.
– Como es tu obligación, optio -dijo con displicencia el tribuno laticlavio-. Cobras paga y media.
No esperó respuesta. Clavó los talones en los ijares del caballo y se separó con un trote suave de Valerio.
Paga y media. Sí, era cierto. Si los legionarios percibían trescientos denarios de plata al año distribuidos en cuatro pagos, a él, un optio, el hombre que mantenía el orden en las filas, el que se valía de un bastón para golpearlos si rompían el orden en medio de la batalla, el que sustituía al cinturón caso de caer, le correspondían cuatrocientos cincuenta. El hecho de que hubiera recibido ya una mención honorífica no le añadía un denario de paga. Y no estaba del todo mal si llegaba a cobrarlos porque no siempre sucedía. Y todavía le quedaban dos décadas largas para poder retirarse…
