
El muchacho dirigió la mirada hacia su padre. Sin duda, estaba satisfecho. Un animal que se hubiera resistido, que hubiera sangrado escasamente, que hubiera tardado en morir habría significado un pésimo presagio. Nada de aquello había sucedido. Como si fuera un odre de vino medio vacío o una almohada liviana, el cultrarius alzó por las patas el exangüe chivo. Fue un movimiento rápido, preciso, seguramente ejecutado docenas, incluso centenares de veces. El animalillo quedó por un instante suspendido en el vacío -como si lo sujetara un invisible inmortal o las notas que brotaban del instrumento del flautista- y, finalmente, fue a dar sobre el ara.
Luego, el cultrarius trazó un corte desde el pescuezo hasta la ingle de la bestia. Acto seguido, hundió la diestra en el vientre del sacrificio y dejó al descubierto el hígado. Un gesto de aprobación apareció de manera inmediata y paralela en los rostros del pontifex y del padre. Sí, la víscera presentaba un magnífico aspecto. No estaba herido, ni lesionado, ni enfermo. Su color era óptimo. Con ese presagio, nadie podía dudar de que la misión del muchacho, de Cornelio, transcurriría bajo los mejores auspicios.
El pontifex realizó con la cabeza un gesto, cargado de autoridad, y el cultrarius procedió a despellejar el albo y desnudo chivo con una magistral celeridad. A continuación, le bastó una sucesión rápida de cortes para descuartizarlo y colocar los pedazos sobre el fuego del altar. En escasos momentos, todos los presentes -el pontifex, el cultrarius, el flautista, el joven y su padre- comenzarían a comer la carne del sacrificio. Así, participarían de las bendiciones anticipadas de .Júpiter.
