
– ¿Cómo se dice rotkopf? ¿Pelirroja? Kleine rotkopf scheisser schtupper…
– ¡Habla en inglés, maldita sea! ¡No te pases de lista conmigo! Celeste rió: gorjeos teatrales que adornaban sus frases en lengua extranjera y siempre lo sacaban de quicio.
– ¡Ponme con mi hijo, maldita sea!
Silencio, y luego la rutina típica de Celeste Heisteke Considine.
– No es tu hijo, Malcolm. Su padre era Jan Heisteke, y Stefan lo sabe. Eres mi benefactor y mi esposo, y el niño tiene once años y debe ser consciente de que su legado cultural no consiste en tu jerga policíaca amerikanisch, béisbol y…
– ¡Ponme con mi hijo, demonios!
Celeste rió suavemente. Lo había obligado a usar su voz de policía. Hubo un silencio; Celeste despertó a Stefan canturreando en checo. El niño se puso al aparato.
– ¿Papá? ¿Malcolm?
– Sí. Feliz Año Nuevo.
– Vimos los fuegos artificiales. Fuimos a la azotea con par… par…
– ¿Paraguas?
– Sí. Vimos el Ayuntamiento iluminado, y después estallaron los fuegos artificiales. Las llamas… ¿fisuraban?
– Siseaban, Stefan -corrigió Mal-. S-i-s-e-a-b-a-n. Una fisura es como un agujero en el suelo.
Stefan repitió esa palabra nueva para él.
– ¿Fisurra?
– Fisura. Tendré que darte una clase cuando llegue a casa. Podemos ir a Westlake Park a dar de comer a los patos.
– ¿Viste los fuegos artificiales? ¿Te asomaste para ver?
En el momento de los fuegos artificiales, Mal se había dedicado a rechazar el ofrecimiento de Penny Diskant: un polvo rápido en el guardarropa. Los pechos y las piernas lo apretujaban y él deseaba poder aceptar.
– Sí, fue bonito. Hijo, tengo que dejarte. Trabajo. Vuelve a dormir, así estarás descansado para nuestra clase.
– Sí. ¿Quieres hablar con Mutti?
– No. Adiós, Stefan.
– Adiós, p-p-papá.
