Mal colgó. Le temblaban las manos y tenía los ojos empañados.


El centro de Los Ángeles estaba tranquilo como si durmiera la mona. Los únicos ciudadanos visibles eran borrachos que hacían fila para pedir café y bollos frente a la Union Rescue Mission; los coches estaban aparcados al azar -morros contra parachoques aplastados-frente a los hoteluchos de South Main. Había confeti mojado en las ventanas y la acera, y el sol que despuntaba sobre la cuenca del este tenía un regusto a calor, vapor y resaca alcohólica. Mal enfiló hacia el Pacific Dining Car deseándole una muerte prematura al primer día de la nueva década.

El restaurante estaba atestado de turistas con cámaras que pedían el «Rose Bowl Special»: pescado frito, Bloody Marys y café. El camarero le dijo a Mal que el señor Loew y otro caballero le esperaban en el Salón de la Fiebre del Oro, un reducto íntimo al que concurrían los leguleyos. Mal retrocedió y golpeó la puerta; la abrieron una fracción de segundo después, y el «otro caballero» sonrió.

– Toc, toc, ¿quién es? Es Dudley Smith. ¡Alerta, rojos! Adelante, teniente. Ésta es una prometedora reunión de cerebros policiales, y debemos celebrar la ocasión con el fasto pertinente.

Mal le dio la mano, reconociendo el nombre, el estilo y un acento con frecuencia imitado por otros. El teniente Dudley Smith, Homicidios, Departamento de Policía de Los Ángeles. Alto, tirando a obeso y rubicundo; nacido en Dublín, criado en Los Ángeles, educado en un colegio jesuita. Hombre fuerte de cada jefe de policía de Los Ángeles desde Dick Steckel. Siete hombres muertos en cumplimiento del deber. Corbatas especiales: sietes, esposas y escudos del Departamento bordados en círculos concéntricos. Según los rumores, llevaba un calibre 45 del ejército, cargado con balas dum-dum lubricadas, y un puñal de resorte.

– Teniente, es un placer.

– Llámame Dudley. Tenemos el mismo rango. Yo soy mayor, pero tú eres más guapo. Ya veo que seremos excelentes compañeros. ¿No crees, Ellis?



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