Mal miró a Ellis Loew. El jefe de la Sección Criminal de la Fiscalía de Distrito estaba apoltronado en una silla de cuero que parecía un trono, comiendo ostras y tocino.

– Ya lo creo. Siéntate, Mal. ¿Quieres desayunar?

Mal se sentó frente a Loew; Dudley Smith se acomodó entre ambos. Los dos usaban trajes de tweed con chaleco: el de Loew era gris, el de Smith marrón. Ambos ostentaban insignias: el abogado una llave Phi Beta Kappa

– No, abogado. Gracias.

Loew señaló una cafetera de plata.

– ¿Café?

– No, gracias.

Smith rió y se palmeó las rodillas.

– ¿Qué te parecería una explicación por esta intrusión matinal en tu apacible vida familiar?

– Trataré de adivinar. Ellis quiere ser fiscal de distrito, yo quiero ser jefe de investigación de la Fiscalía, y tú quieres hacerte cargo de Homicidios cuando Jack Tierney se jubile el mes próximo. Tenemos acceso a un asunto candente que yo aún desconozco, nosotros dos como investigadores, Ellis como fiscal. Ideal para un ascenso. ¿He acertado?

Dudley soltó una risotada.

– Me alegra que no terminaras tus estudios de leyes, Malcom -dijo Loew-. No me habría gustado tenerte como oponente en un tribunal.

– Entonces, ¿he acertado?

Loew pinchó una ostra y la empapó en salsa de huevo.

– No. Pero tenemos la ocasión de llegar a esos puestos que has mencionado. Con toda facilidad. Dudley se ofreció para el suyo…

– Me ofrecí por patriotismo -interrumpió Smith-. Odio la inmundicia roja más que a Satanás.

Ellis probó el tocino, las ostras, el huevo. Dudley encendió un cigarrillo. Mal vio que una nudillera de bronce le salía de la cintura.

– ¿Por qué estoy pensando en un gran jurado?-ironizó Mal.

Loew se reclinó y se estiró. Mal notó que buscaba su máscara de abogado profesional.

– Porque eres listo. ¿Te has mantenido al corriente de las noticias locales?



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