
Smith palmeó la mesa y se levantó.
– Un cañón, un obús, tal vez una bomba atómica. ¿Nos vemos mañana en tu casa, Ellis? ¿A las diez?
Loew gesticuló con el dedo.
– A las diez en punto.
Dudley imitó el gesto.
– Hasta entonces, socio -le dijo a Mal-. No será el Especial, pero aun así nos divertiremos.
Mal asintió y el grandote se fue del local. Transcurrieron unos segundos.
– Un trabajo difícil -comentó Loew-. Si no pensara que los dos haréis un gran trabajo juntos, no habría permitido que Smith participara.
– ¿Se ofreció voluntario?
– Tiene una conexión con McPherson, y se enteró del asunto antes de que me dieran la aprobación. ¿Crees que podrás tenerlo con la rienda corta?
La pregunta parecía un mapa de los viejos rumores. Ellis veía en él al hombre que había matado a un nazi, y tal vez sospechaba que era responsable del frustrado intento de liquidar a Buzz Meeks. Y Dudley Smith no sacaría a relucir las viejas historias de Antivicio y la calle Setenta y Siete.
– No veo ningún problema, abogado.
– Bien. ¿Cómo andan las cosas con Celeste y Stefan?
– No quieras saberlo.
Loew sonrió.
