Satterlee. Es jefe de un grupo llamado Contracorrientes Rojas. Es asesor de varias empresas y de lo que podríamos llamar gentes «astutas» de la industria del espectáculo. Investiga antecedentes de posibles empleados para averiguar si están vinculados con el comunismo, y ayuda a identificar los elementos subversivos que ya se puedan haber infiltrado. Ed es un experto en comunismo y os indicará cómo usar las pruebas con mayor eficacia. El segundo hombre es un psiquiatra, el doctor Saul Lesnick. Ha sido psiquiatra «oficial» del Partido Comunista de Los Ángeles desde los 40, y ha colaborado con el FBI durante años. Tenemos acceso a su archivo de historiales psiquiátricos: los cabecillas de la UAES, sus trapos sucios desde antes de la guerra. Artillería pesada.

Smith palmeó la mesa y se levantó.

– Un cañón, un obús, tal vez una bomba atómica. ¿Nos vemos mañana en tu casa, Ellis? ¿A las diez?

Loew gesticuló con el dedo.

– A las diez en punto.

Dudley imitó el gesto.

– Hasta entonces, socio -le dijo a Mal-. No será el Especial, pero aun así nos divertiremos.

Mal asintió y el grandote se fue del local. Transcurrieron unos segundos.

– Un trabajo difícil -comentó Loew-. Si no pensara que los dos haréis un gran trabajo juntos, no habría permitido que Smith participara.

– ¿Se ofreció voluntario?

– Tiene una conexión con McPherson, y se enteró del asunto antes de que me dieran la aprobación. ¿Crees que podrás tenerlo con la rienda corta?

La pregunta parecía un mapa de los viejos rumores. Ellis veía en él al hombre que había matado a un nazi, y tal vez sospechaba que era responsable del frustrado intento de liquidar a Buzz Meeks. Y Dudley Smith no sacaría a relucir las viejas historias de Antivicio y la calle Setenta y Siete.

– No veo ningún problema, abogado.

– Bien. ¿Cómo andan las cosas con Celeste y Stefan?

– No quieras saberlo.

Loew sonrió.



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