
Alrededor había construcciones similares. Edificios de color amarillo, lavanda, turquesa, salmón y rosa alternaban en la ladera, y terminaban ante un letrero que proclamaba: ¡JARDINES DE VISTA VIEW! ¡LO MÁS DISTINGUIDO DE CALIFORNIA! ¡NO HAY DESCUENTOS PARA VETERINARIOS! Buzz aparcó frente a la casa amarilla, pensando en pelotas de goma arrojadas a una zanja.
Chiquillos con triciclos realizaban competiciones en los patios de grava; no había adultos tomando el sol. Buzz se clavó en la solapa una placa de policía sacada de una caja de cereales. Bajó del coche y llamó a la puerta del 1187. Pasaron diez segundos. Ninguna respuesta. Mirando en torno, insertó una horquilla en el agujero de la cerradura y movió el picaporte. La cerradura cedió; Buzz abrió la puerta y entró en la casa.
La luz que se filtraba por las cortinas le dio una perspectiva de la sala: muebles baratos, pósters de películas en las paredes, radios Philco apiladas junto al sofá, obvio producto de un robo en un almacén. Buzz sacó la porra del cinturón y atravesó la grasienta cocina para entrar en el dormitorio.
Más fotos en las paredes: chicas casi desnudas. Buzz reconoció a Audrey Anders, la «chica explosiva», que presuntamente había obtenido un título universitario en algún pueblo de mala muerte; junto a ella había una rubia esbelta. Buzz encendió una lámpara para ver mejor; vio discretas fotos publicitarias: la «jugosa Lucy» en un chispeante traje de baño de una pieza, con un sello donde figuraba el domicilio de una agencia artística. Entornó los ojos y advirtió que la muchacha tenía la mirada turbia y una sonrisa boba. Tal vez estaba drogada.
Buzz decidió que registraría el sitio en cinco minutos. Miró la hora y puso manos a la obra. Al vaciar cajones descubrió prendas interiores de hombre y mujer enredadas y varios cigarrillos de marihuana; en un armario había discos de 78 revoluciones y novelas baratas. El guardarropa revelaba a una mujer en ascenso y a un hombre que le iba a la zaga: vestidos y faldas de tiendas de Beverly Hills, uniformes de la Marina que apestaban a naftalina, chaquetas jaspeadas de caspa.
