
– Calma, Gibbs -dijo Danny-. Soy yo.
Gibbs enfundó la pistola, los otros policías se separaron. Danny observó el cadáver. Se le aflojaron las rodillas. Decidió actuar como un criminólogo, sin desmayarse ni vomitar.
– Deffry, Henderson, alumbrad al cadáver. Gibbs, anota textualmente mis palabras.
»Sexo masculino, blanco, muerto. Edad aproximada, entre treinta y treinta y cinco años. El cadáver está en posición supina, los brazos y las piernas abiertas. Se observan marcas profundas en el cuello, le han arrancado los ojos y las cuencas vacías rezuman una sustancia gelatinosa.
Danny se acuclilló junto al cadáver; Deffry y Henderson movieron las linternas para que viera mejor.
– Los genitales están magullados e hinchados, hay marcas de mordeduras en el glande. -Palpó bajo la espalda del muerto y tocó tierra mojada; tanteó el pecho cerca del corazón; la piel estaba seca y el cuerpo aún conservaba un resto de calor-. No hay humedad sobre el cadáver, y como ha llovido copiosamente entre la medianoche y las tres, podemos suponer que han dejado a la víctima aquí durante la última hora.
Una sirena se acercó gimiendo. Danny cogió la linterna de Deffry y se acercó más, examinando las partes más afectadas.
– Hay un total de seis heridas, ovales e irregulares, circunscritas al torso, entre el ombligo y las costillas. Hay jirones de carne en el perímetro, y de ellos sobresalen entrañas con una pátina de sangre coagulada. Alrededor de cada herida la piel está inflamada, perfilando las marcas, y…
– Besos, sin duda -intervino Henderson.
Danny olvidó su jerga de criminólogo.
– ¿De qué estás hablando?
Henderson suspiró.
– Ya sabes, mordiscos de amor. Como cuando una tía te chupa el cuello. Gibbsey, muéstrale al amigo detective lo que la chica del guardarropía del Blue Room te hizo en Navidad.
