– Trapicheo -dijo Shotts sucintamente-. Mujerzuelas, prestamistas, fulleros, peristas, falsificadores, fraguas donde fundir metales sin que nadie haga preguntas.

– Exactamente -convino Evan-. Tenemos que averiguar qué clase de servicio buscaban y quién se lo prestó.

Shotts se encogió de hombros y soltó una carcajada sorda. Fue el modo de sopesar sus probabilidades de éxito.

– Esa mujer, Daisy Mott -comenzó Evan, dirigiéndose hacia la calle. Tenía tanto frío que apenas sentía nada por debajo de los tobillos. La peste del callejón le provocó una arcada; se estaba mareando. Había contemplado demasiada violencia y dolor en el breve lapso de unas horas.

– El doctor llevaba razón -observó Shotts, alcanzándole-. Una taza de té bien caliente con un chorrito de ginebra no le haría ningún mal, y a mí tampoco.

– De acuerdo -Evan no discutió-. Y una empanada o un bocadillo. Luego iremos en busca de esa mujer.


* * *

Sin embargo, cuando dieron con ella, fue bien poco lo que les dijo. Era menuda, pálida y delgada. Podía tener cualquier edad entre los dieciocho y los treinta y cinco. Imposible decirlo. Estaba cansada y asustada y, si hablaba con ellos, era porque no veía el modo de evitarlo.

La fábrica de cerillas bullía de actividad, con el rumor de la maquinaria como telón de fondo y un penetrante olor a serrín, aceite y fósforo preñando el aire. Todo el mundo estaba pálido. Evan vio a varias mujeres con costras supurantes y la piel comida por la necrosis ósea conocida como «mordisco del fósforo», a la que tan propensos eran los obreros de las fábricas de cerillas. Le devolvían la mirada sin apenas mostrar curiosidad.

– ¿Qué fue lo que vio? -preguntó Evan con tono amable-. Cuénteme exactamente lo que ocurrió.

La mujer respiró hondo pero no dijo nada.

– A nadie le importa de dónde venía -interpuso Shotts para alentarla- ni adónde iba.

Evan forzó una sonrisa.



10 из 391