
– Entré en el callejón -comenzó vacilante-. Aún era casi de noche. Estaba muy cerca de él cuando lo vi. Primero me dije que sería un borracho durmiendo la mona. Pasa mucho por aquí.
– No lo dudo. -Evan asintió con la cabeza, consciente de ser el centro de todas las miradas y de la torva expresión del encargado a unos doce metros de ellos-. ¿Cómo advirtió que estaba muerto?
– ¡La sangre! -espetó con desprecio y la voz ronca-. Toda aquella sangre. Llevaba una linterna y vi sus ojos, que me miraban. Entonces grité. No pude evitarlo.
– Es natural. Cualquiera habría hecho lo mismo. ¿Qué pasó luego?
– No sé. El corazón se me iba a salir por la boca y me mareé. Creo que me quedé allí plantada sin parar de gritar.
– ¿Quién la oyó?
– ¿Qué?
– ¿Quién la oyó? -repitió-. Alguien tuvo que acudir.
La mujer titubeó, presa del miedo otra vez. No osaba implicar a un tercero. Evan podía leerlo en sus ojos. Monk habría sabido qué hacer para que hablara. Tenía la habilidad de detectar de inmediato el punto flaco de las personas y sabía utilizarlo de la manera adecuada. Nunca perdía de vista el objetivo principal, cosa que a Evan le ocurría con demasiada frecuencia. No se dejaba distraer por un deje de piedad irrelevante, poniéndose en lugar del interrogado, lo cual siempre era falso. No sabía lo que sentían. A su juicio, Evan era un sentimental. Al pensar esto, Evan casi pudo escuchar la voz de Monk en su cabeza. Era cierto. Y además, la gente no quería compasión. Le habrían odiado en caso de compadecerse. Era la máxima indignidad.
– ¿Quién acudió? -preguntó con más aspereza-. ¿Prefiere que vaya puerta por puerta, sacando a la gente de su casa para preguntárselo? ¿Le gustaría que la arrestara por mentir a la policía? ¿Quiere llamar la atención? Cuesta poco criar fama. -Se refería a que la gente pensaría que era una confidente de la policía, y ella lo sabía.
– Jimmy Elders -dijo al cabo, mirándole con antipatía-. Y su mujer. Vinieron los dos. Viven hacia la mitad del callejón, donde la puerta de madera con un candado. Pero él sabe tan poco como yo de lo que pasó. Luego el viejo Briggs. Él fue a por el guindilla.
