
– Sé muy bien lo que quiere decir -interrumpió Evan-. Ha sido una pelea muy desigual.
Por el tramo de calle que se divisaba desde el callejón pasó un coche de caballos seguido de cerca por un carromato cargado de muebles viejos. Desde un rincón lejano les llegó el triste reclamo de un trapero. Un mendigo, envuelto en medio abrigo viejo, titubeó a la entrada del callejón, lo pensó mejor y siguió su camino. Tras las mugrientas ventanas había más movimiento. Se oían voces. Un perro ladró.
– Hay que odiar mucho a un hombre para matarlo a golpes -dijo Evan en un susurro-. A no ser que se trate de una persona completamente chiflada.
– No eran de por aquí. -Shotts negó con la cabeza-. Se les veía limpios, bien alimentados y con ropa buena. Eran de algún otro sitio, sin duda de más al oeste, o bien eran de provincias y estaban de visita.
– Ciudad -corrigió Evan-. Botas de ciudad, cutis de ciudad. El aire del campo da más color a las mejillas.
– Pues entonces del oeste. No eran de ningún sitio de por aquí cerca, de eso estoy más que seguro. Así que ¿quién del vecindario iba a conocerlos como para odiarlos tanto?
Evan se metió las manos en los bolsillos. Ahora pasaba más gente por el final del callejón, hombres que iban a trabajar a fábricas y almacenes, mujeres que hacían lo mismo recibiendo por ello sueldos miserables. También iban apareciendo los incontables personajes que trabajaban en la calle: vendedores ambulantes, traficantes de esto y aquello, tipos que encontraban cosas para vender entre la basura, chivatos, ladrones de poca monta e intermediarios de toda índole.
– ¿A qué puede venir aquí un hombre como la víctima? -Evan hablaba consigo mismo-. A comprar algo que no puede conseguir en la parte de la ciudad en la que vive.
