– Gracias. -Sabía que preguntarlo era una pérdida de tiempo, pero debía cumplir todas las formalidades-. ¿Había visto antes a alguno de los dos hombres, cuando estaban vivos?

– No. -Contestó sin pensarlo siquiera. Era lo que él esperaba. Miró a su alrededor y vio que el encargado se había aproximado un poco. Era un hombre corpulento, de pelo negro y rostro adusto. Evan esperó que no fueran a descontarle del salario el tiempo que él le había robado, aunque pensó que probablemente lo harían. Decidió no perjudicarla más.

– Gracias. Adiós.

Sin mediar palabra, la mujer volvió al trabajo.

Evan y Shotts regresaron al callejón y hablaron con Jimmy Elders y su esposa por derecho consuetudinario, aunque éstos no hicieron más que corroborar lo que ya les había dicho Daisy Mott. Elders aseguró no haber conocido a ninguno de los dos hombres en vida ni saber qué podían estar haciendo allí. Su expresión lasciva daba a entender lo más evidente, aunque se abstuvo de expresarlo con palabras. Con Briggs les pasó tres cuartos de lo mismo.

Dedicaron todo el día a rondar por el callejón, que al parecer llevaba por nombre Water Lane, subiendo y bajando estrechas escaleras medio podridas, visitando habitaciones donde a veces vivía una familia entera y otras veces ejercían su profesión jóvenes prostitutas paliduchas cuando el frío y la humedad les impedía hacerlo en la calle. Bajaron a sótanos donde mujeres de todas las edades cosían sentadas a la luz de las velas mientras los niños de dos y tres años jugaban en la paja y hacían muñecas con los retales sobrantes. Los niños más mayores descosían prendas viejas cuyas telas aprovechaban sus madres para confeccionar prendas nuevas.

Nadie admitió haber visto u oído nada fuera de lo común.



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