
Si alguien sabía algo, sin duda temía más a los autores del crimen, o a sus compinches, que a la policía, por lo menos a la representada por Evans y P. C. Shotts.
A las cuatro de la tarde, dado que ya oscurecía y el frío apretaba, Shotts anunció que haría algunas averiguaciones en la taberna, donde contaba con algunos conocidos, y Evan se dirigió al hospital para ver qué le explicaba el doctor Riley. Se le hacía muy cuesta arriba esa labor, pues no deseaba tener que volver a pensar en el muchacho que había sobrevivido al ataque en tan espantoso lugar. El mero recuerdo conllevaba una sensación de frío y mareo. Estaba demasiado cansado para hacer de tripas corazón y sobreponerse.
Se despidió de Shotts y anduvo a paso ligero en dirección a Regent Street, donde sabía que encontraría un coche de caballos.
Al llegar al hospital de St Thomas fue directamente al depósito de cadáveres. Echaría un vistazo a los cuerpos, deduciría cuanto pudiera por su cuenta y luego pediría a Riley que le explicara lo que le quedase por saber. Detestaba los depósitos de cadáveres, aunque a todos sus conocidos les pasaba lo mismo. Después de visitarlo se tenía la impresión de que la ropa iba a oler ya siempre a vinagre y lejía, como si aquella humedad impregnada nunca fuese a desaparecer.
