
– Muy bien, señor -dijo el encargado una vez se hubo identificado-. El doctor Riley me dijo que se pasaría en algún momento, probablemente hoy. Sólo tengo un cuerpo para usted. El otro aún no ha muerto. Dice el doctor que igual resiste. Nunca se sabe. Pobre diablo. En fin, supongo que querrá ver el que tengo aquí. -No fue una pregunta. Llevaba suficiente tiempo allí como para saber la respuesta. Los policías jóvenes como Evan no iban allí para otra cosa.
– Gracias -aceptó Evan, invadido por una súbita sensación de alivio al constatar que el muchacho seguía vivo. Ahora era consciente de cuánto lo había deseado. Al mismo tiempo, sin embargo, aquello significaba que el joven volvería en sí para enfrentarse a un dolor tremendo y a una lenta y prolongada lucha hasta su recuperación, cosa que horrorizaba a Evan, tanto como el verse forzado a participar en todo ello.
Siguió al encargado entre las filas de mesas cubiertas con sábanas, unas con la desolada silueta de un cadáver debajo, otras vacías. Sus pasos sobre el suelo de piedra rompían el silencio. La luz, reflejada en las paredes desnudas, era intensa y desapacible. Parecía como si sólo los muertos habitaran aquel lugar. Ellos eran intrusos.
El encargado se detuvo junto a una de las mesas y retiró la sábana lentamente, descubriendo el cuerpo de un hombre regordete de estatura y edad medianas. Riley apenas lo había lavado, quizá para que Evan sacara sus propias conclusiones. Pero al estar desprovisto de ropa se hacía visible el terrible alcance de sus heridas. Presentaba el torso entero cubierto de contusiones, negro y púrpura apagado donde éstas habían sangrado internamente mientras aún estaba con vida. Algunas le habían desgarrado la piel. A juzgar por su forma desigual, era obvio que tenía varias costillas rotas.
– Pobre diablo -repitió el encargado entre dientes-. Luchó como un jabato antes de que acabaran con él.
