
Todo aquello le dijo que el hombre era exactamente como se lo había imaginado: residente en cualquier otro barrio, buscando placer o llevando a cabo algún negocio ilícito en una de las zonas más degradadas de Londres.
El traje se había rasgado por las rodillas, presumiblemente cuando cayó al suelo durante la pelea. Una de las rodillas estaba desgarrada por completo, con los hilos rotos; la otra sólo un poco deformada, con algunas fibras abiertas. También había una gran rozadura en el trasero, que aún estaba húmedo y tremendamente sucio. La chaqueta estaba peor. Los dos codos desgarrados, uno del todo inexistente. Tenía un siete en un costado y un bolsillo arrancado de cuajo. Sin embargo, ni siquiera la más concienzuda inspección, centímetro a centímetro, reveló daño alguno hecho por un cuchillo o una bala. Había una cantidad de sangre considerable, mucha más de la que cabía esperar dada la naturaleza de las heridas del hombre muerto. De todos modos, parecía proceder de un tercero, pues era más oscura y húmeda en la parte externa de la prenda y apenas había calado al interior. Al menos uno de sus asaltantes había resultado bastante malherido.
– ¿Sabe lo que ocurrió? -preguntó el encargado.
– No -repuso Evan con pesadumbre-. De momento, no tengo ni idea.
El encargado adoptó un tono algo arisco.
– Lo encontraron en St Giles, ¿no es cierto? Pues entonces me da que nunca lo averiguará. Nadie de allí habla de sus cosas. Pobre diablo. No es el primero que me mandan desde ese sitio. Tuvo que jugársela bien jugada a alguien para que le dieran semejante paliza. No hace falta hacer esto para robar a nadie. Igual era jugador.
– Igual. -En la chaqueta había una etiqueta con el nombre del sastre. Tomó nota de él y de su dirección. Quizá resultara suficiente para identificarlo-. ¿Dónde está el doctor Riley?
